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¿Abrirá EEUU, “convertido en la muerte y destrucción del mundo”, la caja de Pandora en Corea del Norte?
por Hermán Mena Cifuentes
Jueves Septiembre 2017 - 09:16 AM

Caracas, 07 Sep.- Estados Unidos (EEUU) y la Unión Europea (UE) conforman una cofradía de jueces venales que sancionan a Corea del Norte, Rusia, China y Venezuela, poniendo al mundo al borde de un desastre nuclear, como lo cometió el Imperio, primero en Hiroshima y Nagasaki, y antes y después de ese genocidio, junto con europeos en Bikini y otros “paraísos” del Pacífico y el Índico estallando más de 2.000 bombas para perfeccionar su poder letal.
Fueron esos genocidios y crímenes de lesa humanidad el inicio de un proceso siniestro que con el tiempo habría de “convertir a Estados Unidos en “la muerte, en el destructor del mundo”.
Allí, en unas diminutas islas y atolones, se perpetró un genocidio y un crimen ambiental hasta hoy impunes, que sus autores tratan de ocultar al mundo, especialmente la gente joven, mientras cínicamente se rasga las vestiduras como modernos fariseos acusando a Norcorea de provocar un conflicto nuclear con sus pruebas y ensayos balísticos que no matan a nadie.
En gran medida lo han logrado, presentando al Gobierno de Pionyang como “el villano del cuento”, a través de una campaña mediática, gigantesca avalancha de mentiras, arma favorita y secular de Estados Unidos que usó en el pasado y hoy sigue utilizando para engañar a la comunidad internacional.
Como lo hizo en 1898, hundiendo al acorazo Maine en el puerto de La Habana, para declarar la guerra a España; en 1964, en el Golfo de Tonkin, para declararla a Vietnam del Norte con el incidente del Golfo; en 2003, contra Iraq, diciendo que tenía armas de destrucción masiva; en 2015, en Venezuela, acusándola de ser una amenaza para su seguridad, y en 2017, igual contra el país suramericano, para amenazar con invadirlo, diciendo que el Gobierno Bolivariano es una dictadura.
Lo que nunca ha dicho ni jamás dirá Estados Unidos es la verdad verdadera, porque nació para mentir con el fin de desatar sus guerras de conquista, ya que el capitalismo salvaje las necesita para sobrevivir, porque vive de la venta de armas y también del consumismo voraz que impone a su sociedad y al resto del mundo, donde rige ese sistema en vías de extinción.
Que durante la guerra de Corea (1950-1953) Estados Unidos lanzó sobre Corea del Norte 635.000 toneladas de explosivos que destruyeron 5.000 escuelas, 1.000 hospitales, 600.000 viviendas y perecieron 406.000 civiles norcoreanos, miles de ellos en masacres perpetradas por el ejército yanqui, denunciada una de ellas por Picasso en una de sus pinturas y murieron 556.000 militares del país socialista.
Que el general Douglas MacArthur, viéndose derrotado por las tropas norcoreanas y del Ejército de la República Popular China que acudieron en ayuda de Pionyang, amenazó con lanzar una bomba atómica más poderosa que las lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki.
Que durante los más de 70 años que siguieron Estados Unidos se dedicó, como lo hizo con la Unión Soviética, hasta esta fabricó su primera bomba atómica, a amenazarla con una sistemática campaña de chantaje nuclear que también aplicó a Corea del Norte.
Que su pueblo vivió durante más de ese más de medio siglo bajo un estado de terror, temiendo que en cualquier momento moriría víctima de la explosión de una bomba atómica yanqui, como la gente de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945.
Por eso fue que Pionyang decidió no seguir viviendo bajo esa espada de Damocles y en secreto comenzó a desarrollar su propio arsenal nuclear hasta que un día, en 2006, anunció que había fabricado una bomba atómica, a lo que siguieron pruebas de misiles balísticos sobre el mar de Japón, que han sido denunciadas por Estados Unidos y sus aliados como una provocación, cuando son ellos lo que lo hacen con sus maniobras aeronavales.
Y el domingo ensayó, para asombro y disgusto de Washington, la primera bomba de hidrógeno, no para lanzarla sobre otro país sino para defenderse de la inmoral amenaza de un imperio soberbio y prepotente que jamás pensó que podría construirla.
Había encontrado y aplicado la infalible fórmula de Malcolm X: “The only thing Power respect is Power”. (La única cosa que respeta el poder es el poder”).
De allí que Estados Unidos y sus socios europeos podrán imponer todas las sanciones que se les antoje contra Corea del Norte, lo mismo que desde la Organización de las Naciones Unidas (ONU), convertida en brazo político del Imperio, lo seguirán haciendo la mayoría de los 15 países miembros del Consejo de Seguridad, convencidos por la campaña de calumnias de Washington de que Pionyang “es el malo de la película”.
Pero en medio de ese cúmulo de mentiras, prevalece una cosa cierta: Estados Unidos y Unión Europea no lanzarán un ataque nuclear contra Corea del Norte porque saben que si lo hacen, Pionyang responderá de la misma manera, y se abrirá la caja de Pandora, y en su interior no quedará ni siquiera la esperanza, el único consuelo que se ofrece a la humanidad en ese capítulo del antiguo y sabio libro que es la mitología griega.
Porque de ella escaparán todas las plagas del terror nuclear, como las criaturas salidas de caja de Pandora, envueltas en una inmensa nube negra que ocultó la luz del sol, que se esparcirán y destruirán, no sólo al país asiático sino a todo el planeta Tierra, que vagará vacío, sin ningún vestigio de vida eternamente por la inmensidad del cosmos.
Como escapó en 1945 de las islas y atolones de Bikini, Kiribati, Enewetak, Mururoa, Montebello, Fangataufa y otros paraísos terrenales, como esos que EEUU, Francia y el Reino Unido convirtieron en infiernos arrojando miles de bombas atómicas que envenenaron mar y tierra, enfermaron y asesinaron miles de personas, mataron flora y fauna y destruyeron millares de arrecifes coralinos.
Fue un crimen ambiental de gigantescas proporciones y un genocidio en el que fueron afectados por la radiación y perecieron centenares de nativos y pescadores japoneses que faneaban en sus alrededores y un tripulante del Rainbow Warrior, nave estrella de Greenpeace, que protestaba contra los ensayos, hundido Nueva Zelanda por agentes franceses que colocaron 2 bombas en su casco.
EEUU y los países europeas, con excepción del primer ensayo, realizado en territorio yanqui el 16 de julio de 1945, cerca de Almogardo, Nuevo México (“White Sands”), realizaron la casi totalidad de las pruebas nucleares en lugares poco poblados o inhabitados, lejos de las metrópolis, para no poner en peligro a sus ciudadanos, ya que poco o nada les importaba las vidas de los moradores de las islas, atolones y desiertos donde lo hicieron.
Francia utilizó como centro de sus experimentos a sus colonias en la Polinesia y el desierto de Argelia y a sus habitantes como conejillos de India o cobayas; los británicos, el de Australia y un islote del Índico, y EEUU, los atolones del Pacífico Norte o Islas Marshall, como Bikini, donde efectuó el primero a cuyos pobladores, al conminarlos a abandonar el lugar, se les dijo que lo hacían “por el bien de la humanidad”.
¡Vaya bien por la humanidad”!, ¿o es que EEUU confunde el bien con el mal que ha hecho al mundo no sólo con sus guerras de conquista que han segado vidas de millones de inocentes, destruido no sólo pueblos y ciudades a lo ancho y largo del planeta sino también con el genocidio y crimen ambiental que perpetró en Hiroshima, Nagasaki y esos “paraísos terrenales”?
Como el cometido el 1º de marzo de 1954 en Bikini con la Operación Castle Bravo, para ensayar la primera bomba de hidrógeno de “alto rendimiento”, la más mortífera de la historia, 2 veces y media mayor de lo estimado, por causa de un error de sus diseñadores, provocando una catástrofe medioambiental de inmensas proporciones.
La radiactividad alcanzó los atolones Enewetak y Rongerik, donde habían sido reubicados los nativos de Bikini que sufrieron sus efectos, tan fuertes que muchos de sus descendientes nacieron con malformaciones congénitas, lo mismo que los tripulantes de la embarcación japonesa que pescaba en las inmediaciones, provocando la muerte de uno de ellos y enfermando a los demás.
Es una deuda inconmensurable y eterna con la humanidad, la contraída por EEUU, Francia y Reino Unido, la mayor parte de ella por el imperio, que en su demencial afán por conquistar el mundo lo ha condenando a “una muerte súbita” de llegar a abrir la caja de Pandora que encierra al monstruo del terror nuclear que hoy amenaza con escapar por la crisis que ha provocado con Norcorea, que lo único que busca con sus ensayos es detenerlo en su locura.
¡Cuanta razón tenía Robert Oppenheimer!, padre de la Bomba Atómica, quien arrepentido y sintiéndose culpable de haber sido el creador de ese diabólico engendro, tras emitir una dramática y poética declaración, renunció a su cargo en Los Álamos 2 meses después de haber sido arrojadas sobre Hiroshima y Nagasaki.
Ello desató la ira de sus colegas participantes del proyecto; del Presidente Truman, que ordenó su lanzamiento, y de Percy Bridgman, Premio Nobel de Física, quien fuera su profesor en Harvard que en un sacrílego acto de irreverente blasfemia, dijo: “Si hay alguien que debe sentirse culpable ese es Dios”.
En la declaración que hizo Oppenheimer -a propósito de la creación de la bomba atómica- como gran estudioso de la cultura y filosofía oriental, recitó versículos del Bhagavad-gita, texto sagrado hinduista, considerado como uno de los clásicos religiosos más importantes del mundo, entre ellos el que dice: “Si el esplendor de mil soles estallase de golpe en los cielos, sería comparable al resplandor del Gran Ser, y me he convertido en la muerte, en el destructor del mundo”.
En la verdad que encierra ese bello versículo está la respuesta a la interrogante del capitán Robert Lewis, copiloto de la Superfortaleza B-29 que lanzó la bomba atómica sobre Hiroshima, quien mientras observaba desde la cabina la ciudad que desaparecía bajo sus pies, dijo: “My God, ¿how many did we just kill? My God, ¡what have we done? (“Dios mío, “¿cuántos acabamos de matar? Dios mío, ¿qué hemos hecho”).
Es cierto: Una verdad incontrovertible. Estados Unidos se ha “convertido en la muerte, en el destructor del mundo”.