Agencia Venezolana de Noticias
Afganistán, “El cementerio de imperios” donde sucumbió EEUU
por Hermán Mena Cifuentes
Lunes Octubre 2017 - 08:47 AM

Caracas, 09 Oct. AVN.- Este sábado cumplió 16 años la fracasada guerra que Estados Unidos (EEUU) y 48 Estados vasallos suyos lanzaron contra Afganistán, a raíz de los eventos del 11 de septiembre, que Washington calificó como “atentados”, versión rechazada por científicos, expertos en siniestros, testigos y analistas como el destacado politólogo y periodista Thierry Meyssan, quien -en su obra La Terrible Impostura- asegura que se trató de un autoatentado.
Las razones que llevaron a EEUU a esa guerra tras los trágicos sucesos de septiembre no fueron la absurda y ridícula excusa de capturar a Osama Bin Laden, a quien poco antes había usado para expulsar a los soviético de Afganistán, ni tampoco “la lucha contra el terrorismo”, pretexto que utilizó para lograr el permiso de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para invadir al país de Asia Central sino algo mucho más diabólico.
Fue, como iba a evidenciarse a medida que se sucedían nuevos hechos bélicos, como la invasión a Irak lanzada por EEUU en 2003, asegurando que poseía armas de destrucción masiva, lo que resultó ser una vil mentira, agresión que, a más de 14 años de haberse perpetrado sigue cobrando decenas de miles de vidas.
Detrás de toda esa espiral de violencia, destrucción y muerte estaban los planes orientados a acelerar el desarrollo de su proyecto de dominación mundial, facilitados por la desaparición de la Unión Soviética, por lo que creyó era el momento propicio para avanzar por todo Oriente Medio y Asia Central hasta llegar a las puertas de Rusia y China, una vez conquistado Afganistán.
Pero, como dijo Simón Bolívar, “por fortuna se ha visto con frecuencia un puñado de hombres libres, vencer a imperios poderosos”.
Y lanzó la guerra contra Afganistán, la más larga de todas las aventuras bélicas de su historia, que siempre las lanza contra pueblos militarmente débiles, pensando en una victoria fácil, pero “la vida te da sorpresas,/ sorpresas te da la vida”, y como le pasó a Pedro Navaja, el asesino de la canción de Rubén Blades, le pasó al ejército de EEUU, exterminador de pueblos, y a los 51 ejércitos que le acompañaron en su aventura bélica, abatidos como Pedro, y su sueño de triunfo sepultado en ese cementerio de imperios que es Afganistán para todo aquel imperio que lo invade.
Fue una orgía, una bacanal desenfrenada en la que los invasores bebieron insaciables, en vez de vino, la sangre de miles de hombres, ancianos y de niños, niñas y mujeres a las que violaron y mataron, mientras en ciudades, pueblos y campos de batalla lanzaban bombas y misiles impregnados de uranio empobrecido y de fósforo blanco cuyo fuego quema hasta los huesos.
Trataron de ocultarlo, como los daños colaterales causados por las bombas y misiles lanzados por aviones tripulados y drones manejados a control remoto a miles de kilómetros en Nevada, EEUU, por “tripulantes virtuales”, que en vez de matar combatientes enemigos asesinaron no sólo a cumpleañeros en sus fiestas, a novios en sus bodas y a invitados, sino también médicos, enfermos, enfermeras en hospitales que por error colateral bombardearon.
Y fue tan grande el terror y el horror que provocaron con sus masacres, violaciones y otros actos de barbarie los soldados yanquis, que las visiones de sus crímenes le robaban el sueño por la noche y persiguieron de tal manera que enfermaron víctimas del estrés postraumático, al extremo de enloquecer y llegar a matar a sus compañeros de armas mientras combatían en Afganistán.
Y cuando regresaron a EEUU esos veteranos que el imperio envió a matar inocentes en tierra extraña, abandonados a su suerte, sin atención médica adecuada, enloquecidos como estaban, mataron a sus propios amigos y familiares, terminando por suicidarse, mientras los que aún viven vagan sin rumbo por la calle, abandonados y seguirán matando y terminarán quitándose la vida.
Hasta 100.000 llegó el número de soldados que en algún momento de la guerra envió primero Bush y luego Obama a ese “barril sin fondo” que fue Afganistán para EEUU, ya que, a medida que llegaban iban muriendo, como las notas de una sinfonía in crescendo, ya que las cifras de bajas aumentaban al ritmo del tiempo, pero, soberbios y prepotentes, ambos mandatarios, ciegos de odio e ira, siguieron atizando sus llamas.
El costo material de la guerra para EEUU fue de 700 mil millones de dólares, pérdida total, inversión perdida, ya que estuvo muy lejos de alcanzar su objetivo, pero aún más grande y dolorosa fue para el pueblo estadounidense la pérdida de 2.403 de sus hijos, muertos la mayoría de ellos en la flor de su juventud, por la codicia y ambición de un genocida imperio, al que no le importa su muerte, con tal de alcanzar sus macabros objetivos.
A esa cifra se suma la muerte de los 1.138 soldados enviados por los 48 Estados vasallos, enviados a luchar y morir sin honor ni gloria como sus camaradas yanquis en una guerra que no era suya y en la que cayeron abatidos en ese cementerio de imperios donde fue sepultado el sueño de victoria de otro imperio más, el imperio yanqui.
Obama, Premio Nobel de la Paz que hizo la guerra durante los 8 años de su mandato, se dio cuenta que era imposible ganar aquel conflicto, por lo que, taimado y falso, el 28 de diciembre de 2014 anunció la retirada de las tropas yanquis de Afganistán, decisión que poco antes, supuestamente, habían tomado sus aliados de la OTAN y países asociados, los 48 Estados vasallos imperiales.
Un sainete mal montado, ya que, si bien se retiró la mayor parte de las tropas invasoras, quedaron unos 20.000 soldados de la coalición destacados como asesores del ejército afgano, cuyos comandantes son tan corruptos como incapaces, que de 100 combates gana a lo sumo 2 o 3, mientras que en la tropa hay infiltrados combatientes del Talibán que matan a muchos de ellos.
Según algunos analistas, lo que Obama pretendió con la simulada retirada era tomar un segundo aire de una contienda que sabía perdía, esperando el menor descuido del enemigo para sorprenderlo reiniciando la guerra con nuevos bríos, mayor poder de fuego y un cambio de estrategia, consciente como estaba de que la que había utilizado no servía.
Pensaba, que en el marco de la política de Estado de la misma se encargaría Hillary Clinton, a quien todas las encuestas daban como ganadora de las elecciones presidenciales del pasado noviembre, pero sucedió lo inesperado, las ganó el impredecible Donald Trump, al que un grupo de 35 psiquiatrías diagnosticó que sufre graves problemas mentales.
La actuación del nuevo Mandatario confirman lo afirmado por los profesionales de esa rama la medicina, pues el millonario empresario convertido en político, como cambió de profesión, cambia de opinión de la noche a la mañana, ya sea hablando sandeces, amenazando con guerras a Irán y Corea del Norte e invadir a Venezuela, que como orate que es podrían llevarlo a cometerlas sin tomar en cuenta sus impredecibles consecuencias.
Preocupan esas declaraciones, ya que poco antes había dicho que su país “no va a utilizar más el ejército para construir la democracia en otros confines del mundo, o intentar reconstruir países a semejanza de Estados Unidos”, por lo que con sus amenazas contradice lo que afirmó en esa oportunidad, que parecía ser un mensaje de paz y no de guerra como el que ahora envía.
El más reciente de sus mensajes, claramente belicista, no se sabe si es producto de su demencia o está siguiendo el plan que Obama habría diseñado para la Clinton, lo único cierto es que ha decidido reanudar la guerra que EEUU perdió en Afganistán, anunciando el envío de 5.000 soldados yanquis a ese cementerio de imperios.
Comete el mismo error de George W.Bush, de Barack Hussein Obama y de todos aquellos que se niegan a abrir las páginas del libro de la historia con sus sabias lecciones, entre las que figura la dictada por Bolívar hace 2 siglos, la cual dice: “Por fortuna se ha visto con frecuencia un puñado de hombres libres vencer a imperios poderosos”.