Agencia Venezolana de Noticias
Octubre, mes de resistencia y revoluciones
por Hermán Mena Cifuentes
Viernes Octubre 2017 - 09:16 AM

Caracas, 06 Oct. AVN.- Octubre ha sido, por más de medio milenio, testigo de acontecimientos que, aunque separados por el tiempo y la distancia, dos de ellos cambiaron el curso de la historia, como fueron la invasión de América y la Revolución Rusa, mientras que un tercero, la lucha de Cataluña por su independencia, de llegar a cristalizar, podría hacer lo mismo, por haber sido y ser gestas en busca de libertad, innata facultad humana que nadie puede mantener prisionera porque se revela.
La lucha del pueblo originario de América, que cumplirá 525 años este 12 de octubre, se celebraba como Día del Descubrimiento, Día de la Raza y Día del Encuentro de 2 Mundos, nombres falsos con los que se pretendió ocultar el crimen más grande de la historia hasta que Hugo Chávez le dio verdadero nombre: Día de la Resistencia Indígena, genocidio que -pasados 525 años- continúa impunemente.
Ese día no ocurrió ningún “descubrimiento”, no fue “día de la raza”, porque las razas no existen, y ningún “encuentro” de mundos sino punto de partida de un brutal y desigual choque bélico entre un ejército de invasores que desataron un proceso de exterminio contra pueblos que los recibieron en paz, ofreciéndoles perlas y oro, y ellos -cegados por la codicia- respondieron con la guerra.
Y es en el caso de las razas, que biogenéticamente no existen, que antropólogos e historiadores desmantelaron la tesis de religiosos españoles de la época, según la cual los indígenas no tenían alma, que eran una raza débil y, como los animales, no tenía alma y otras falacias usadas como pretexto para desatar, junto con los conquistadores, un diabólico proceso que llevó a su casi total exterminio.
La antropóloga Olivia Gali -reseña una nota del diario La Jornada- expresó que “desde hace tres cuartos de siglo los científicos han hecho descubrimientos cruciales que prueban que la creencia en las razas humanas, es decir grupos cuyo color de piel y fenotipo, se deben a contundentes y radicales diferencias biológicas o genéticas (biogenéticas) y no tiene base científica. Las razas no existen”.
“No existen científicamente, pero sí en términos ideológicos y políticos. El racismo sí que existe, y es una de las ideas más perniciosas de la modernidad. Todavía nos regimos por la creencia cultural de la existencia de razas, y el racismo siempre está ligado a formas de discriminación y de opresión”.
El fallecido historiador y periodista ecuatoriano Oswaldo Albornoz Peralta, en un breve ensayo sobre el mismo tema, titulado Justificación de la Conquista y Dominación de los Indígenas Americanos, profundiza aún más sobre papel jugado por el racismo en ese crimen de lesa humanidad que fue la conquista del Abya Yala por los conquistadores y religiosos españoles.
“Todo conquistador -comienza diciendo- trata de justificar su conquista para esconder o aminorar la explotación y desmanes que ejerce sobre los pueblos conquistados. Y para esto, la justificación más socorrida es que se trata de gentes inferiores, cuyas costumbres y pensamiento son sometidos a una crítica implacable a la par que inconsistente desde un punto de vista ético y científico”.
“De larga vida la tal tesis llega a América con la espada de los conquistadores y la cruz de los misioneros”.
“Y aquí, en algunos casos, se radicaliza al extremo de sostener que los indios americanos carecen de alma y no pertenecen a la especie humana”, que “los hombres de tierra firme comen carne humana (…) Ninguna justicia hay entre ellos, andan desnudos, no tienen amor ni vergüenza, son como asnos, abobados, alocados, insensatos, no tienen en nada matarse ni matar”.
Y en nombre de la espada los invasores empezaron a “civilizarlos”, empalándolos, quemándolos vivos, como lo hicieron también los religiosos en nombre de la cruz, además de “evangelizarlos, derribar sus dioses, quemar sus códices, destruir sus culturas y otras atrocidades que sólo pueden cometerlas seres cuyas mentes están corroídas por la miseria humana.
Fue después de aquel nefasto 12 de octubre, cuando comenzó la resistencia un día, y los días que siguieron, cuando, primero Canoabo, en La Española, ajustició con sus guerreros en el Fuerte de Navidad a los españoles que Cristóbal Colón había dejado al término de su primer viaje, quienes violaron a las mujeres del vecino poblado y las mataron como a la mayoría de sus moradores para robarles las pocas perlas y oro que tenían.
La lucha se extendió por otras islas del Caribe y alcanzo la tierra firme en Venezuela, cuando Guaicaipuro, Tamanaco, Baruta, Tiuna y decenas de caciques guerreros protagonizaron la más fiera y prolongada resistencia de los aborígenes americanos contra los invasores españoles, a los que, igualmente, enfrentaron otros desde México, en el Norte, hasta Chile y Argentina en la Patagonia, al Sur del continente.
Monteczuma, Cuauhtemoc, Lempira, Nicaraof, Caupolicán y Rumiñahui figuran entre los héroes y mártires aborígenes que los combatieron, muriendo la mayoría de ellos a manos de los invasores como los 18 guerreros asesinados en la Plaza Mayor de Viejo León de Nicaragua, devorados por una jauría de hambrientos mastines en presencia de “piadosos” y santos sacerdotes que oraban por sus almas mientras los perros se los comían.
Y después de ese holocausto a la vista de la historia real y verdadera, no de la falsa historia escrita por cronistas españoles y sus descendientes americanos, que hicieron de esos genocidas héroes, levantando monumentos, plazas y paseos en su honor y sus países designando las monedas con sus nombres, vienen unos cínicos “historiadores como aquellos a glorificar sus crímenes, a decir que en América no hubo ningún genocidio”.
No sólo lo hubo sino que se sigue cometiendo impunemente bajo letales y sutiles nuevas formas de conquistas desatadas por nuevos invasores, como Estados Unidos y sus secuaces europeos, en vil complicidad con gobernantes de Estados vasallos latinoamericanos que, así como agreden los procesos revolucionarios, a sus líderes y a los pueblos mestizos, asesinan hoy a lo largo y ancho del continente a sus descendientes, los sobrevivientes de los pueblos originarios.
Lo hacen a través de sus transnacionales mineras, madereras y ganaderas, que desalojan a unos de los últimos espacios de sus ancestrales tierras a donde huyeron remotos pueblos rurales cuyos ríos y lagos envenenan con letales químicos para extraer oro, plata y otros metales y minerales, que matan a miles de hombres, niños, ancianos y mujeres
Y a los otros que habitan en la profunda selva a la que invaden con sus motosierras, tractores y otras modernas máquinas para talar millones de árboles que convierten en madera que exportan a los países desarrollados para construir viviendas lujosas y los miles más que las agroindustriales queman para sembrar soya y caña de azúcar o desarrollar grandes emporios agrícolas y ganaderos.
Y cuando los líderes sociales indígenas y quienes los defiende, como Santiago Maldonado, protestan contra esos desmanes, como ocurre en Argentina, los nuevos conquistadores, amparados por gobernantes cómplices y jueces venales, los encarcelan como a Milagro Sala o envían a sus sicarios civiles y militares a desaparecerlos, como hicieron con Maldonado, o asesinarlos, como a los millones de sus antepasados.
Crímenes de lesa humanidad como esos son comunes en Argentina, Brasil, Colombia, Guatemala, Honduras, México, Paraguay y Perú, países gobernados por vasallos imperiales, pero no en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y otras naciones con gobiernos progresistas y revolucionarios, donde existen leyes que protegen a los pueblos originarios que les otorgan derechos que garantizan plenamente sus vidas y sus tierras ancestrales.
Países libres y soberanos como son hoy las patrias de Bolívar, de Sandino y de Tupac-Katari, quien cuando moría a manos de sus torturadores, los invasores españoles, dijo en lengua Aymara: “Naya saparukiw hiwiyapxitaxa naixarusti, waranqa, waranqanakaw tukutaw ku´anipxani (“Hoy me matan, pero volveré hecho millones”).
Y volvió como prometió, hecho millones en las voces y acciones de protesta de los revolucionarios líderes indígenas mapuches que en Chile luchan contra los invasores extranjeros que ocupan sus ancestrales tierras y sus cómplices del Gobierno que los persiguen, torturan y encarcelan.
En las de los luchadores sociales hijos de los pueblos originarios que en Argentina, Brasil, Guatemala, Honduras, México, Paraguay y Perú se enfrentan a las corporaciones mineras, madereras y agroindustriales que envenenan sus ríos y lagos y queman y talan millones de árboles de la selva donde viven, como lo hicieron sus heroicos y valientes antepasados.
A los que Chávez en Venezuela para honrar su memoria acabó con aquellas falsas denominaciones designando el 12 de Octubre como Día de la Resistencia Indígena, como lo hicieron Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua, cuyas revoluciones -como la Bolivariana- bastiones de dignidad y soberanía, sus líderes de la mano de sus pueblos resisten como ellos la agresión de los nuevos invasores.
425 años después del 12 de octubre de 1492, el 17 de octubre de 1917 triunfa la Revolución Rusa, considerado como el acontecimiento político, ideológico y social más importante de la historia, ya que al extenderse por todo el mundo generó procesos similares que cambiaron su rumbo, pues la humanidad -a partir de aquel día- dejó de ser lo fue hasta entonces.
Una avalancha de revoluciones descendió primero por Europa, América Latina y el Caribe, pasando por Asia, llegando a inundar África con su furia libertaria a decenas de países cuyos pueblos oprimidos sufrían los horrores de la esclavitud y el colonialismo propiciado por el capitalismo salvaje, que se había adueñado del planeta sojuzgándolos y saqueando sus ingentes recursos naturales, como lo había hecho el zarismo en Rusia en 3 siglos.
La reacción de las fuerzas capitalistas europeas y estadounidenses contra ese nuevo sistema, el socialista, cuyo ejemplo amenazaba su existencia, fue tan inmediata como violenta, llevándolas a desatar brutales sanciones económicas y financieras, invasiones y una guerra civil que sumieron en abismos de hambre, miseria, enfermedad y muerte al pueblo ruso, de los que salió gracias a indoblegable resistencia de su pueblo e inteligencia de sus líderes.
Con la consolidación de la Revolución Rusa y el triunfo de procesos similares que se dieron a partir de entonces, la sociedad comenzó a mostrar un rostro más humano, alejada cada vez más de los horrores de las plagas sociales en las que las había sumido el colonialismo capitalista y la promesa de alcanzar la utopía del mundo posible con el que sueñan los pueblos oprimidos.
Pero el capitalismo, consciente de que no podía vencer al socialismo en un conflicto nuclear del que no habría vencedor, tendió una red conspirativa a través de la “guerra fría”, liderada por Estados Unidos, apoyado de un grupo de judas traidores que aprovecharon su posición de gobernantes para entregar a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a las garras del capitalismo después de vivir ocho décadas bajo el socialismo.
Es “el fin de la historia”, escribió el filósofo, politólogo e historiar imperialista estadounidense Fracis Fukuyama.
“El fin de la historia -asegura en su obra escrita en 1992, The End of History and the Last Man (El Fin de La Historia y el Último Hombre)- significa el fin de las guerras y las revoluciones sangrientas, los hombres satisfacen sus necesidades a través de la actividad económica sin tener que arriesgar sus vidas en este tipo de batallas”.
“El motor de la historia (…) se ha paralizado en la actualidad debido a la disolución del bloque conformado por gobiernos comunistas, acto que deja como única opción viable una democracia liberal tanto en lo económico como en lo político”.
“Se constituye así en el llamado 'Pensamiento Único': las ideologías ya no son necesarias y han sido sustituidas por la economía. Estados Unidos es, por así decirlo, la única realización posible del sueño marxista de una sociedad sin clases”.
Descomunal e imperdonable error de un ensayo que, más bien, debería ser llamado un “disparate”, por olvidar su autor, llevado tal vez por el fanatismo político, que la historia no puede morir, porque es eterna como las ideas que dan vida a las ideologías, que tampoco mueren, como afirma en su trabajo Fukuyama, y porque, como dijo Neruda: “Podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera”.
Como tampoco podrán detener al socialismo, porque nada ni nadie puede detener las ideas, a la idea, “primero y más obvio de los acto del entendimiento”, raíz de la ideología, “conjunto de ideas fundamentales que caracterizan el pensamiento de una persona, colectividad o época, de un movimiento cultural, religioso o político”, que existirá mientras exista un ser humano en el mundo.
Como pudo comprobarse, ya que mientras cortaban la flor del socialismo en la Unión Soviética, en Venezuela, con Chávez al frente de la socialista Revolución Bolivariana, renacía como la primavera esa inmortal ideología que se propagó como incendio libertario por América Latina y el Caribe, como lo hizo ocho décadas antes por el planeta la Revolución Rusa.
Hoy, a 525 años del 12 de octubre de 1492, Día de la Resistencia Indígena, el pueblo y el Gobierno de Cataluña, con su sueño de independencia de años a cuestas, resisten la salvaje embestida del Gobierno de España, del que buscan separarse por estar hastiados de ver cómo la ingente riqueza que generan escapa de sus manos para pasar a manos de un Estado corrupto, que la dilapida en su propio beneficio, dejando las migajas a los catalanes.
Este 1º de octubre fue un día de vergüenza para el mundo que presenció con indignación cómo una horda de bárbaros, miembros de la Guardia Civil, de triste memoria por su sanguinario accionar durante la dictadura de Francisco Franco, de la que es digno heredero el Gobierno de Mariano Rajoy, agredía a miles de los 2,2 millones de jóvenes, adultos, ancianos y mujeres que con su voto aprobaron la independencia de Cataluña.
Y Rajoy tuvo el cinismo de calificar como “ejemplar” la criminal acción de esas huestes de sicarios que golpearon a mansalva con sus garrotes, con sus cascos, y dispararon balas de goma hiriendo a decenas de indefensos seres humanos cuyo único delito fue el deseo de liberarse de las garras de esa “dictadura” en la que se ha convertido para ellos el despótico y corrupto régimen de España.
Y ante la resistencia del pueblo y Gobierno de Cataluña, partidario del diálogo y mediación de la Unión Europea, Rajoy responde con un rotundo no a ese método civilizado y la Unión Europea, que viola como España el principio de no Intervención, al criticar al soberano Estado venezolano, su ministro de exteriores, siendo España miembro de esa unidad de naciones, dice cínicamente que no puede intervenir en los asuntos internos de España, pero si lo hizo en Kosovo.
Y como es vieja costumbre de los Estados capitalistas, el régimen de Madrid, en complicidad con la banca establecida en Cataluña y una agencia calificadora de riesgos, emprendió medidas financieras destinas a asfixiar la economía del país rebelde, al tiempo que un tribunal hispano aplicaba una medida cautelar que prohíbe sesionar al Parlamento catalán, donde se esperaba que iba anunciarse la independencia.
La incertidumbre y el temor sobre la suerte de ese anhelado sueño crecen a medida que pasan las horas, ya que se desconoce cuáles serán la acciones a tomar por las partes en conflicto, pero lo que sí se sabe es que las sanguinarias hordas de la Guardia Civil, que el 1º de octubre desataron un río de sangre inocente en Barcelona, se mudaron de los hoteles de donde fueron desalojados a otros, por lo que podrían reeditar el crimen cometido el domingo pasado.
Sucedería, en caso de que, como se espera, el Gobierno de Cataluña intente o declare la independencia el lunes, y Rajoy, dominado por el odio y la ira que se anidan en su mente corroída por la miseria humana, ordene nuevamente a esa legión de sicarios atacar a un pueblo que resiste y lucha por su libertad e independencia, como lucharon y siguen luchando los pueblos originarios del Abya Yala y como el pueblo de la Unión Soviética.