Agencia Venezolana de Noticias
Sus amos tratan de evitar la muerte de la agonizante MUD
por Hermán Mena Cifuentes
Viernes Octubre 2017 - 09:22 AM

Caracas, 27 Oct. AVN.- Estados Unidos y sus secuaces, en vano esfuerzo por salvar a la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) del suicidio político al que está condenada tras el fracaso de sus dirigentes de cumplir la misión que les encargaron de destruir la Revolución Bolivariana con un golpe de Estado continuado de más de 18 años, le han provocado en las últimas horas un “coma inducido” para evitar su inexorable muerte.
Ante la gravedad de un cuadro tan grave como el que presenta la Mesa, se le indujo ese “estado de inconsciencia profunda” y, una vez “desconectado” momentáneamente, este jueves su lesionado y enfermo cerebro, para evitar que cometa otra locura que aceleraría su muerte, desataron por su cuenta dos ataques simultáneos contra el Gobierno Bolivariano, pensando que con el daño infligido la MUD podrá recuperarse y volver a sus andadas.
El primero lo lanzaron desde el Parlamento Europeo, Poder Legislativo dominado por una mayoría fascista, acérrima enemiga del inédito y pacífico proyecto político e ideológico de Hugo Chávez, que le otorgó el Premio Sájarov a los traidores, apátridas y asesinos dirigentes de la oposición golpista de la MUD y a un grupo de terroristas encarcelados, catalogados por el Parlamento como “presos políticos”.
El galardón que se concede anualmente desde 1988 acostumbra premiar a dirigentes y organizaciones contrarrevolucionarias, como al disidente cubano Guillermo Fariñas y a Las Damas de Blanco, agrupación de mujeres de nacionalidad cubana que reciben millones de dólares de Washington para organizar y celebrar marchas de protesta contra el proceso revolucionario.
La insolente agresión fue rechazada y condenada inmediatamente por esa digna y valiente joven revolucionaria que es Delcy Rodríguez, quien desde la Organización de los Estados Americanos (OEA), derrotó en ese “ministerio de colonias” a la banda de vasallos del imperio liderados por Luis Almagro, su secretario general, que pretendieron desestabilizar al Gobierno Bolivariano del presidente-obrero venezolano, Nicolás Maduro
Quien hoy, como presidente de la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), en nombre del pueblo venezolano, preside al frente de 545 hombres y mujeres constituyentes revolucionarios el proceso reformador de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, llamado a perfeccionar la Carta Magna que consolidará la soberanía, la libertad y la dignidad de la patria de Simón Bolívar.
Delcy acusó al Parlamento Europeo “de sonreírle al fascismo”, al reconocer a la oposición con el Premio Sájarov, galardón que -a su juicio- se le otorgó por generar la violencia y muerte, y causar sufrimiento al pueblo.
“Hoy se ha dado una situación muy extraña y curiosa en el Parlamento Europeo, que ha decidido otorgar un premio a la oposición venezolana por quemar personas vivas, por generar violencia, por generar muerte, por causar sufrimiento al pueblo”, expresó.
“Pareciera que el Parlamento Europeo entonces empieza a sonreírle al fascismo, que le costó en su historia a (Europa) grandes sacrificios. Eso lo dejo para la reflexión”, terminó diciendo.
El otro ataque llegó de Canadá, desde la llamada Cumbre del Grupo de Lima, que reunió a 12 de los 17 cancilleres derrotados más de una vez por Delcy en la OEA, los que sedientos de revanchismo y de venganza, liderados por Pedro Pablo Kuczynski, el gringo-peruano, más gringo que peruano, corrupto Mandatario que recibió millones de dólares de Odebrecht y quien siente un odio visceral por la Revolución Bolivariana y un gran amor por la MUD venezolana.
Y es que son “caimanes de un mismo pozo”, con una historia vergonzosa como fichas del imperio, que las utiliza como cómplices de sus crímenes, siendo la MUD, la más vieja de sus colaboradores con más de medio a su servicio.
La MUD es en realidad una agencia no oficial de Estados Unidos, mafia política creada el 23 de enero de 1958, día del derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez, su testaferro en Venezuela, ante el peligro que significaba -en plena efervescencia de la Guerra Fría con la URSS- un triunfo de la coalición liderada por Larrazábal y el Partido Comunista favorita en los comicios que se avecinaban.
Y es que estaba en juego el petróleo de Venezuela que las empresas yanquis saqueaban pagándolo a precio de gallina flaca, que además de alimentar su colosal parque automotor, grandes fabricas, industrias y comercios, era vital para movilizar su maquinaria bélica en caso de estallar la guerra con la URSS, botín que no estaba dispuesto a perder si un Gobierno socialista decretara su nacionalización, que cambiara las reglas del juego vigentes.
Para evitarlo, trajeron a sus lacayos, dirigentes de partidos tradicionales que vivían en Nueva York, Miami y otras ciudades de Estados Unidos, muy lejos de la tortura y la muerte que significaba caer en manos de la Seguridad Nacional, la policía de la dictadura, como lo hacían los combatientes que en la clandestinidad combatían y morían, mientras ellos, sus líderes, disfrutaban del “dorado exilio”.
Y ganaron las elecciones, gracias al apoyo financiero y la brutal propaganda anticomunista desbordada por los medios mercenarios del imperio, que advertían del “peligro del comunista”, que separaba a los niños de sus padres y otras atrocidades a un pueblo, para entonces, huérfano de la clara y firme conciencia política y social que medio siglo después le inculcaría Chávez.
De esa victoria surgió el Pacto de Punto, partida de nacimiento de la cuarta República, pesadilla económica, política y social que vivió el pueblo venezolano durante 40 años, sumido en abismos de pobreza, miseria, ignorancia, corrupción y demás plagas sociales, terrorismo de los cuerpos policiales que perpetraban masacres infernales como las de El Amparo, Cantaura, El Paraíso, Yumare y El Caracazo, que abriría las puertas al 4 de febrero de 1992.
Una rebelión militar liderada por Hugo Chávez Frías que, aunque fracasó, dejó la histórica frase que pronunció ese día el comandante eterno al entregarse: “Por ahora”. Símbolo y compromiso de una entrega total a una causa libertaria que jamás abandonaría, sustentada en la frase pronunciada dos siglos antes Bolívar, su maestro y guía dijo: “Dios concede la victoria a la constancia”.
Y la constancia fue el norte de la lucha que reemprendió el eterno y supremo comandante, esgrimiendo, en esta oportunidad, en vez del fusil, el arma del voto, que de la mano del pueblo lo llevaría a la victoria en los comicios del 6 de diciembre de 1998, día que comenzó a escribirse la nueva historia de Venezuela, con la Revolución Bolivariana y el nacimiento de la quinta República.
Pero la ambición, la traición y la codicia jamás duermen y despertaron junto con la derecha nacional, que -por orden de su amo, el imperio- reanudó sus actividades contrarrevolucionarias con un sabotaje petrolero, una paralización del tránsito terrestre, un boicot marítimo y aéreo y una marcha que culmino con el golpe de Estado del 11 abril de 2002, que derrocó a Chávez.
Fue un golpe breve, como “Pedro, El Breve”, nombre con que el que se le bautizó al cabecilla de la asonada, Pedro Carmona Estanga, que huyó junto con sus cómplices cuando se disponían a festejar triunfantes su festín de buitres, espantados por el pueblo y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, leales al Mandatario que en una histórica e inédita gesta restituyeron en el poder en menos de 48 horas.
Noble y magnánimo como era Chávez, los perdonó y los invitó al diálogo, pero esa gente de la derecha, envenenada por el odio, la ira y el revanchismo, no conoce el significado de esa palabra y prosiguió por el camino del golpismo sin dar tregua ni descanso, a pesar de los fracasos que sufría a manos de la Revolución Bolivariana y su líder que, noble y magnánimo, siempre perdonó sus crímenes, mientras proseguía invicto triunfando en todos los procesos comiciales.
Hasta el último, celebrado el 7 de octubre de 2012, que venció a su rival, Henrique Capriles Radonski, que no pudo iniciar, pues partió hacia la inmortalidad, a la gloria, el 5 de marzo de 2013.
Pero, consciente del peligro que acechaba a la patria, amenazada por Estados Unidos, el imperio más poderoso de la historia que no había podido vencerlo, y seguía utilizando a la MUD en su demencial y compulsivo afán por destruir su magna obra, la Revolución Bolivariana, viendo aproximarse el fin de su vida, la noche del 8 de diciembre de 2012, se dirigió al pueblo venezolano diciéndole: “Si algo ocurriera, repito, que me inhabilitara de alguna manera, Nicolás Maduro, no sólo en esa situación debe concluir, como manda la Constitución, el período, sino que mi opinión firme, plena como la luna llena, irrevocable, absoluta, total, es que -en ese escenario que me obligaría a convocar como manda la Constitución de nuevo a elecciones presidenciales- ustedes elijan a Nicolás Maduro como Presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Se lo pido desde mi corazón”.
Y el pueblo le cumplió, eligiendo el 14 de abril de 2013 a su hijo político y heredero de su legado libertario, quien como lo había hecho el comandante -6 meses y 7 días antes- derrotó a Capriles Radonski, quien frustrado y cegado por el odio y la ira, al día siguiente de las elecciones, llamó a sus violentos a “descargar toda esa 'arrechera', esa frustración, en nombre de la paz”.
Y lo hicieron, asesinando a 11 inocentes venezolanos -una mujer y dos niños entre ellos- quemando sedes del Psuv, amenazando con incendiar las viviendas de dirigentes chavistas con sus familiares adentro, destruyendo valiosos equipos medios de varios centros de Diagnóstico Integral, poniendo en peligro las vidas de los abnegados médicos cubanos y venezolanos que allí se hallaban, reanudando el accionar la violento de la MUD golpista.
En febrero de 2014, Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma lo hacían, con La Salida, la intentona golpista que con sus guarimbas, barricadas y “guayas” asesinas dejaron el trágico y doloroso saldo de 43 muertos y más de 600 heridos, muchos incapacitados de por vida.
La orgía de violencia, destrucción y muerte que tres años después, en abril de 2017, celebraron los sicarios de la MUD bebiendo -en vez de vino- la sangre del pueblo, no tiene precedentes en la historia criminal de Venezuela, ya que llegaron primero a quemar libros y, como dijo Heine, “allí donde se queman libros, se termina quemando seres humanos”.
Y quemaron vivos a 29 venezolanos, asesinando a 9 de ellos, a los que confundieron con “chavistas”, o por tener la piel morena, porque son racistas, que no saben de igualdad y demás principios que rigen en una sociedad civilizada.
Pero llegó el 30 de julio, día histórico en el que una multitud de pueblo revolucionario, valiente y decidido, desafiando sus amenazas, la lluvia, el viento y el frío, atravesó calles inundadas, ríos y montañas depositó el voto que abrió las puertas a la Constituyente que devolvió la paz, la armonía a Venezuela sacando de su camino a los asesinos de la MUD.
A los criminales que ayer el fascista Parlamento Europeo otorgó el Premio Sájarov, que acostumbra entregar a contrarrevolucionarios, y los 12 cancilleres lacayos que en Lima dijeron que en Venezuela no había democracia, repitieron en Canadá la misma mentira, y no se miran en el espejo de sus países, donde flagrante e impunemente se violan a cada hora los derechos humanos.
Todo eso obliga a los venezolanos, hombres y mujeres revolucionarios a mantenerse alertas, a no dormirse en los laureles triunfo, porque los golpistas de la MUD son tan violentos e irracionales que, aún bajo el coma inducido en lo que lo sumieron EEUU y su secuaces europeos y latinoamericanos, podrían volver a las andadas conspirativas y atacar de nuevo al inédito y pacífico proyecto político e ideológico de Chávez.
Que se debe apoyar la lucha que día y noche adelanta el presidente-obrero Nicolás Maduro en busca de la paz y la armonía que esa banda de delincuentes políticos pretenden destruir, de nuevo destruyendo la Revolución Bolivariana, misión imposible que los llevó al fracaso, a la división y la anarquía que reina en su mundo de ambiciones, de codicia y falacias, porque después de su fracaso están al borde de la muerte de donde nunca se regresa.